Por Daniel Lencina
Foto de Wolfram Huke
Los innumerables homenajes tras el reciente fallecimiento de Jürgen Habermas (1929–2026) claramente hacen justicia con su legado, tanto en lo que respecta a su pensamiento particular como a la contribución crítica de toda la Escuela de Frankfurt. En tiempos en que detenerse a pensar parece casi un exceso, el atrevimiento de cuestionar la modernidad ha erigido al filósofo alemán en una celebridad propia de otra época. Nada más infundado si se tiene en cuenta la normalización epocal de la reducción de la política a los dictámenes de la fuerza bruta. Pero, precisamente por ese aparente desacople temporal es que resulta necesario preguntarse por el valor de su aporte y por lo que representa su figura que, además de la pertinencia de los homenajes, es necesario acercar a un público no especializado.
En primer lugar, hay que explicar que Habermas perteneció a la denominada Escuela de Frankfurt, de donde surgió la llamada Teoría Crítica: crítica a la modernidad, crítica al consumo, crítica a la cultura de masas, crítica a la razón1. Se trató de un grupo de pensadores alemanes que se desempeñaron en el Instituto de Investigación Social fundado en 1923, entre los que destacaban figuras como Max Horkheimer, Theodor Adorno, Herbert Marcuse y Walter Benjamin. Ellos formaron parte de la primera generación de Frankfurt, cuyo enfoque intelectual lejos estuvo de reducirse a una teoría destinada a comprender la sociedad; por el contrario, elaboraron planteamientos para criticarla y, consecuentemente, transformarla. Sintéticamente, puede decirse que la Teoría Crítica procuró analizar el funcionamiento del poder, de la cultura y de la economía para dejar en evidencia las formas de dominación como paso emancipatorio inicial.
Inspirados por el pensamiento Karl Marx, emprendieron una crítica al capitalismo, aunque fueron un poco más lejos al enfatizar que este no solo tiene la capacidad de explotar económicamente, sino también culturalmente. En torno al concepto de «industria cultural» de Adorno y Horkheimer es que gira la idea de que los medios modernos de comunicación –como el cine, la radio y la música– sí producen cultura, pero en serie, y que esta tiene la cualidad de adormecer el pensamiento crítico, reduciendo a las personas a meros consumidores pasivos2. Al mismo tiempo, la exaltación de la razón moderna ha terminado por reducirla a algo meramente técnico orientado al control y la dominación, dejando de lado la reflexión ética3.
De esta manera, el objetivo político del proyecto apuntaba a liberar a las personas de las ideologías dominantes, de la manipulación cultural y, en última instancia, de los mecanismos de opresión. En virtud de estas incisivas críticas y del hecho de que muchos de sus integrantes eran judíos, se vieron en la necesidad de exiliarse tras el ascenso de Adolf Hitler al poder en Alemania. Fue precisamente el nazismo y la posibilidad de atestiguar las consecuencias de las catástrofes modernas en Europa lo que llevó al grupo a trasladar sus esfuerzos a la Universidad de Columbia, en Nueva York, donde fueron recibidos por Paul Félix Lazarsfeld –quien estaba particularmente interesado en los estudios empíricos de comunicación de masas y opinión pública–, desde donde pudieron afianzarse para observar la enorme maquinaria mediática y mercadotécnica estadounidense que hacía tiempo estaba en funcionamiento4.
Años después emergió el joven Habermas –quien había ejercido como asistente de Adorno pero no había formado parte del exilio americano–, por lo que es considerado como parte de la segunda generación de la Escuela. Desde allí retomó y rediscutió algunas de las ideas de su maestro en el nuevo contexto democrático de posguerra, proponiendo una revisión crítica pero también más optimista, en la que la comunicación y el diálogo pueden generar sociedades más justas.
Si bien ya había publicado obras de significativa relevancia –Historia y crítica de la opinión pública (1962), Teoría y praxis (1963) y Conocimiento e interés (1968)–, un momento inaugural de su giro comunicativo se produjo con la publicación de Después de Marx: la reconstrucción del materialismo histórico (1976). En este trabajo, Habermas planteó la necesidad de actualizar y reformular –no de rechazar– las ideas de Marx para el mundo del Siglo XX.
La idea central del libro gira en torno a que las herramientas analíticas del marxismo clásico resultan insuficientes para explicar a las sociedades modernas, por lo que se anima a proponer una reconstrucción de sus bases. Desde esta perspectiva, el materialismo histórico conlleva un excesivo énfasis económico, del trabajo y la producción, pero peca de descuidar otras dimensiones más propiamente humanas como la cultura, el lenguaje y la comunicación. A partir de ello se introduce una idea que luego desarrollará más profundamente: que la sociedad no se organiza únicamente en torno al trabajo, sino también sobre la interacción comunicativa. De este modo, las crisis de las sociedades modernas no se reducen a la alienación derivada de las dinámicas productivas, sino que alcanzan aspectos en los que debería primar la interacción, otorgando un nuevo rango a la cultura. Así es posible dar cuenta de fenómenos como las luchas por los derechos civiles, la emergencia de movimientos sociales con objetivos no-económicos, o explicar la misma democracia liberal y el Estado de Bienestar5.
La sociedad no se organiza únicamente en torno al trabajo, sino también sobre la interacción comunicativa.
Puede decirse que Después de Marx es la antesala de la obra cumbre de Habermas, La teoría de la acción comunicativa (1981) donde, retomando la discusión acerca de que el problema de las sociedades actuales reside en la comunicación, afronta las distorsiones en el entendimiento entre las personas. La noción de acción comunicativa parte de que los individuos no actúan motivados únicamente por la consecución de objetivos vinculados a la producción y el trabajo, sino también por la necesidad de entenderse. Este es el espacio del mundo de la vida –la cultura, los valores, el lenguaje, la vida cotidiana– que está en constante tensión con el sistema –la economía, el Estado, la burocracia–6. El planteo habermasiano entiende que el sistema termina colonizando el mundo de la vida cuando el dinero y el poder desplazan al diálogo.
De algún modo dentro de la propia escuela, Habermas desafía las ideas de Adorno y Horkheimer, para quienes la razón es preeminentemente técnica. Al proponer que el lenguaje y la comunicación operan como fundamentos de la sociedad introduce un giro lingüístico en la teoría social, sobre el que se sostiene buena parte de su posterior influencia, especialmente en relación a las discusiones sobre la democracia deliberativa. Por ello, puede afirmarse que el valor del pensamiento de Jürgen Habermas en la actualidad no radica únicamente en sus libros, sino en haber ofrecido toda una manera de comprender cómo puede construirse socialmente sin caer en el cinismo o en el autoritarismo. Frente a una reducción de la política a la lucha de intereses o al marketing electoral, propone que la legitimidad surge cuando las decisiones son justificables por razones accesibles a todos.
Su influencia también ha sido significativa en el ámbito jurídico, y con respecto a los medios, su concepto de espacio público sigue siendo toda una referencia pese a que el mundo digital lo haya alterado; preocupaciones como la desinformación, la polarización y la fragmentación en burbujas son susceptibles de ser interpretadas como síntomas de una degradación de las condiciones dialógicas7. En última instancia, la defensa de algo que en el presente parece tan frágil como la posibilidad de entendimiento explica el valor de una obra que recuerda que lo social no se sostiene solo con dinero, poder, tecnología o armas, sino que depende, al final de cuentas, de prácticas comunicativas que es preciso preservar para seguir siendo esencialmente humanos.
