Por Luca Palmas
de Willian Justen de Vasconcellos
La pobreza. Cuando a Pier Paolo Pasolini le preguntaron qué le atraía de Nueva York, mientras caminaba por Times Square en 1968, dijo «la pobreza». Ni los Cadillac, ni los rascacielos, ni el jazz, ni los carteles luminosos de Broadway merecían la atención del director de cine italiano. La pobreza.
Nueva York era agasajada como el faro del progreso mundial. Una ciudad que, sesenta años después, dejó de ser ciudad para convertirse en un estado mental moderno. Un lugar premiado por la velocidad: los visitantes quieren aterrizar rápido, comer rápido, bailar rápido, jugar al bowling rápido y filmar rápido el partido de los Knicks en la NBA. Ernesto Sábato ya lo había respondido en el capítulo «Informe sobre ciegos» de su novela Sobre héroes y tumbas: no había ninguna ventaja en llegar rápido a Nueva York, escribía, y cuanto más se tarda, mejor.
La falta de espiritualidad es clave para explicar la trampa de los viajes en la hipermodernidad, la aceleración sin freno de la vida cotidiana. Uno arriba a Nueva York, o a varios lugares del mundo, como una máquina estadística. Registra las hamburguesas comidas en MyFitnessPal, las cuadras caminadas en Strava, los temas escuchados en Spotify y las imágenes editadas en VSCO. Son posviajes.
La travesía tiene que ser rentable, medible, exportable, al final. Roberto Arlt lo vaticinó hace cien años: «he viajado de lujo. En transatlánticos como palacios. Y los construirán más lujosos aún. Aviones más veloces. Apretarán con un dedo un botón, escucharán simultáneamente las músicas de las tierras distantes, verán bajo el agua y dentro de la tierra, y no por eso serán un ápice más felices de lo que son hoy».
Elon Musk planea el desembarco de la raza humana en Marte, Red Bull lanzó a una persona desde la estratósfera y el CONICET transmitió en vivo desde el fondo del mar argentino. Los turistas del futuro marcarán tarjeta en el hotel siete estrellas, serán conducidos por un robot al primer McDonalds flotante, comprarán diez pares de zapatillas en vez de uno y estarán en varios sitios al mismo tiempo. Las vacaciones ya integran un SofaScore imaginario donde los días se puntúan como si se tratara de la actuación de un deportista: 8.3 fue el global en Miami, 7.2 en Kansas por la lluvia y 6 en Washington por el frío. Se usan todos y cada uno de los avances tecnológicos porque no existe forma de evitarlos. Se está preso de la velocidad, el rendimiento y el provecho de la visita a la ciudad. Uno de los protagonistas de la película Mi cena con André (1981) lo explica mejor que nadie: es el nuevo modelo del nuevo campo de concentración, uno construido por los propios reclusos, que ya no tienen la capacidad de verlo siquiera como una cárcel.
Todos los viajes, no importa si son por trabajo u ocio, tienen algo en común: nos obligan a salir de nuestra cotidianidad. Debería llegar el momento del asombro, pero eso casi ya no pasa. Seguimos conectados, nos enteramos de los sucesos barriales por redes sociales y estamos al tanto de cualquier fluctuación en nuestra moneda mientras caminamos por La Ciudad. «Metrópolis puede ser Buenos Aires», escribió Leopoldo Marechal en el manuscrito de su novela inconclusa El empresario del caos (1968-1970): «todas las ciudades ya son iguales». Uno levanta la cabeza y la quilmeña María Becerra aparece en las pantallas gigantes de la 9 de Julio, Singapur y Times Square.
«La pobreza no llora, la pobreza no tiene voz. La pobreza sufre, pero sufre en silencio. La pobreza no se rebela», sostuvo el periodista polaco Ryszard Kapuscinski. Pasolini eligió la pobreza como un lugar desde donde mirar. Ella es lenta y no tiene aplicación móvil en Play Store. La aprecian cada vez menos personas, perdidas en sus aparatos electrónicos. ¿Qué respondería el italiano hoy?
