Por Enver Vargas Murcia
Foto de Avro Dutta
Yo, al igual que otros asistentes en las salas de cine, quedé completamente asombrado la primera vez que vi la película «La Purga». Había algo poderoso en su narrativa: una inédita forma de expresión del terror, un reciente conjunto de horrores que temer en el tercer milenio y un giro argumental increíble que cambió la historia del subgénero de invasión de hogares. Otros, por supuesto, se centraron en las pobres actuaciones y en guiones extraños; pero hoy no deseo detenerme en el valor estético del largometraje.
En mi opinión, hubo otras características que hicieron a la obra incluso más interesante que su construcción innovadora y su valía cinematográfica. En ese momento, yo era un joven espectador de unos 25 años, y estaba descubriendo un documento visual que desafiaba todo lo que sabíamos sobre la realidad colectiva (aquello que los científicos del área afirmaban en aquel entonces).
En primer lugar, había escuchado a cientos de expertos y leído innumerables textos que aseguraban que, en el siglo XXI, el estatus socioeconómico ya no era el factor de estudio más importante. Con algunas excepciones (Ulrich Beck, Charles Tilly y Alain Touraine), la sociología contemporánea abandonó el examen de los estratos como una reliquia del pasado. Siempre habíamos vivido en las fantasías procapitalistas de Fukuyama, y la economía neoliberal había conquistado el globo entero desde la década de 1990. Actualmente somos testigos de una nueva ola de cintas que abordan la cuestión de las jerarquías sociales (la más destacada de todas: «Parasite»).
No obstante, indicadores clave como el coeficiente de Gini o las tasas de desahucios nos contaban una historia completamente diferente. De hecho, las políticas estructurales impulsaron la economía global hacia niveles críticos de desigualdad –la gran burbuja inmobiliaria había estallado solo unos años antes–. Entonces, ¿no resultaba sorprendente que un largometraje pudiera representar a la compleja sociedad estadounidense mejor que miles de evaluaciones sociológicas? ¿No estaba fallando la teoría crítica? ¿Cómo pudieron los especialistas fallar al no ver el ascenso de la extrema derecha en aquello, incluso cuando la cinta lo retrata con tanta precisión?
En realidad, parece que una película, una novela o una serie de televisión podrían plasmar la realidad mejor que muchos discursos científicos (al menos en contextos específicos). Los estudios culturales, la antropología y otros campos del área confirman esta idea: un producto cultural puede ser útil tanto para retratar el presente como para advertirnos de los riesgos del futuro. Pero no se trata de realizar predicciones, sino de comprender el complejo conjunto de factores que impulsan a la sociedad en una dirección u otra.
En esos términos, los libros kafkianos, orwellianos o huxleyanos no fueron capaces de anticipar los cambios sociales que estaban por ocurrir; sin embargo, sí proporcionaron una mejor comprensión de las emociones humanas y de los motores colectivos que empujaron al mundo europeo hacia el fascismo. En otras palabras, todo aquello que estamos tratando en estas líneas refiere a los mecanismos afectivos de la sociedad que pueden explicarse a través de creaciones estéticas, pero que resultan comprensibles para los investigadores. Esto es particularmente cierto para aquellos académicos que se negaron a reconocer la importancia del racismo y del estatus de clase en el capitalismo tardío.
En realidad, parece que una película, una novela o una serie de televisión podrían plasmar la realidad mejor que muchos discursos científicos (al menos en contextos específicos).
Desde luego, una producción cinematográfica no logra vaticinar con precisión los avances técnicos del porvenir, pero en el plano político, resulta sumamente funcional para desentrañar las corrientes sociales predominantes. Esto se aprecia en «La Purga», una comunidad sometida a un estamento que centraliza la hostilidad sistemática: se ha instaurado toda una economía política de la violencia.
En paralelo, en nuestro entorno real, la prensa omitió con regularidad las brechas crecientes y, mientras sus analistas centraban sus esfuerzos en respaldar el engranaje bélico, los pueblos experimentaron una profunda radicalización de las fuerzas reaccionarias. Consecuentemente, se pudo presenciar un largometraje que esclarece la gestión de la agresión, mientras que la academia y la prensa se enfocaban en asuntos ajenos.
En la distopía de DeMonaco ha brotado una organización con la consigna de refundar la nación: los Nuevos Padres Fundadores de América (NFFA). El dispositivo: 12 horas de brutalidad sin límites (de naturaleza clasista y racista, por cierto). Dicho de otro modo, se despenalizan los crímenes comunes, exceptuando aquellos dirigidos contra los altos mandos gubernamentales. El desenlace es una ingeniería social que espolea la fobia de clase hacia los desposeídos y una animadversión racial hacia los colectivos racializados. Una jornada anual de desenfreno protofascista que mantiene la hostilidad latente el resto del tiempo. Lo singular es que esta conducción efectivamente opera en dicho universo ficticio, menguando los índices de criminalidad. Ello otorgó validez al flamante régimen: un orden cimentado sobre su propio credo de odio y fuerza.
De este modo, los NFFA habrían concebido una inédita sociedad cimentada en una antropología acorde con una índole humana supuestamente agresiva, provista de rituales, cultura y normas de convivencia particulares. Liberar tales pulsiones hostiles permite a la flamante organización concentrar la fuerza privada, pública y paramilitar contra los desheredados. En el transcurso de las cinco cintas, presenciamos múltiples muestras de esta bio/tanatopolítica neoliberal.
A continuación, me interesa analizar tres clases de dispositivos raciales y colectivos en este universo distópico que resultan fundamentales para entender la actualidad: la naturalización del sacrificio humano por parte de los estratos medios y acomodados contra los sectores vulnerables; la gestación de milicias de derecha y la intervención de fuerzas privadas, las cuales conducen la purga hacia determinaciones políticas sistemáticas (urbanismo, erradicación de la disidencia, etc.) y una visión del hombre que valida dicho orden.
Deshumanización de los desposeídos
En el largometraje inaugural, uno de los recursos más elementales empleados para evidenciar las brechas colectivas fue el contraste entre un aparente indigente que huía por su vida entre las vastas residencias blindadas de la clase media. Contrariamente a la retórica del stablishment, la agresividad no iguala a los ciudadanos. No existe una fuerza uniforme para todos, pues en una comunidad estratificada se dispone de medios divergentes para la hostilidad y el resguardo. Existen innumerables diálogos al respecto en cada una de las entregas.
Por lo tanto, en esa velada específica, no todos aguardan bajo las mismas circunstancias. Abundan los individuos que únicamente pueden padecer temor durante esas 12 horas, mientras que otros logran permanecer a salvo en sus viviendas protegidas, incluyendo a los altos mandos y a los estratos privilegiados. Este resulta un componente relevante desde la perspectiva del realizador, que es manifiesto cuando la cinta dispone el marco para que la acción arranque con un gesto de pura empatía: un joven que abre una puerta para preservar una vida.
En este punto, la obra parece sugerir que un pacto secreto –una alianza de clase– se fracturó en el instante preciso en que un sujeto negro en situación de calle fue auxiliado. Sin dicha acción, ninguna trama posterior habría sido factible. Incluso el cabecilla paramilitar (una agrupación de adolescentes) fue sumamente explícito en sus declaraciones: su intención era aniquilar únicamente al desamparado, no a la familia de estatus medio. El tercer acto es aún más concreto en este sentido, con un marco poblado de vecinos prestos a sacrificar a los protagonistas. Ciertamente, las cintas de DeMonaco no son producciones eufemísticas. Este tropo es recurrente en la saga; en algún momento, todos los filmes presentan un panorama de violencia de clase ritualizada, orientada a dar muerte a colectivos racializados y pobres.
Otro factor sugerente, vinculado al comportamiento de los estratos medios frente a la hostilidad, es la normalización del esquema de la purga. En general, persiste una atmósfera de pasividad y aceptación ante la institucionalización de esta jornada en todos los niveles sociales, si bien ciertos sujetos –fundamentalmente de las jerarquías alta y media– se muestran más proactivos en la defensa de su prerrogativa a purgar. Cualquier posible disidencia queda restringida al ámbito individual o privado.
Esta devoción por la fuerza y el modo en que el cuerpo social la ha naturalizado integran la crítica más punzante del filme. Es un hecho que la premisa luce excesiva para ser factible en nuestro entorno; no obstante, ¿no resultan tangibles las milicias de derecha gestadas desde los años noventa que hoy impulsan un nuevo mandato ultraconservador? ¿No previó esta lectura sobre la expansión del extremismo violento un ciclo político inédito que yacía oculto tras el consenso de los partidos tradicionales? ¿Acaso la veneración estadounidense por el armamento no es igualmente insólita y verídica?
Vínculo entre las milicias y las agrupaciones armadas organizadas
La saga de DeMonaco no presenta simplemente una sucesión de actos individuales de agresividad. Una de sus fuentes narrativas más relevantes es la descripción de la estructuración de la hostilidad y cómo dicha gestión contribuye a la propagación de un régimen orquestado de muerte. Es verdad que cada entrega exhibe diversos colectivos de personas que toman las armas y salen a robar, violar y matar. Pero, en medio de toda esta desorganización y esta tendencia hacia la anarquía, existen unidades paramilitares bien planificadas que persiguen sus propios objetivos.
Incluso si podemos ver bandas de adolescentes patrullando las calles, la trama suele funcionar a partir de la aparición súbita de facciones con fines concretos: planes de renovación urbana, el asesinato de un alto cargo político o el fortalecimiento de la fuerza gobernante. Tales grupos se integran por exsoldados y exfuncionarios gubernamentales, y son financiados por empresas o por el propio Estado; constituyen su brazo armado. Esta es una declaración muy poderosa del realizador sobre cómo podría operar la política armada de nuestro tiempo. Parece trazar un diagrama de cómo funciona el odio en el globo como una maquinaria de beneficio partidista o económico. Resulta innegable la existencia de planes de renovación urbana y gentrificación en las metrópolis, del mismo modo que la fobia racial permea nuestras vidas; es una realidad, asimismo, la pulsión de aniquilar a los indigentes.
Así, cada cinta dibuja un esquema de cómo un entorno desigual depende de variadas formas de fuerza, militarización y delincuencia. El ilícito, en su vertiente individual o colectiva, es importante porque puede legitimar el engranaje de los «Nuevos Padres Fundadores de América»; incluso las conductas sociopáticas resultan significativas para justificar una falsa antropología violenta que sostiene este nuevo orden.
Todos estos niveles de examen de la agresividad presentan un producto o mecanismo relevante que sirve para describir cómo funciona el mundo cotidiano y cómo esto podría involucrar la conformación nada fortuita de grupos armados e incluso destacamentos. En efecto, la actualidad se halla plagada de milicias de extrema derecha, bandas que ofrecen servicios de desahucio dirigidos contra los desposeídos e incluso individuos que actúan como «vengadores» en tiroteos masivos.
Una falsa antropología violenta
La autoridad íntegra de los NFFA se cimenta en la supuesta índole agresiva de los seres humanos. No obstante, cada cinta expone la perspectiva de los damnificados y se esmera en que la audiencia empatice con los protagonistas durante su huida. Por lo común, estos son los blancos de la velada y rehúsan –amparados en diversos pretextos– tomar parte en la carnicería. Por consiguiente, el pilar de tal política es falaz: no existe una esencia humana hostil del modo sugerido por la organización.
Dicha premisa es especialmente nítida en los eventos de la precuela, «La primera purga». En este largometraje, la táctica de la flamante agrupación se apoya en un «experimento de ciencias sociales» que sitúa a elementos antisociales y sujetos sociópatas en una sesión de brutalidad irrestricta. En el transcurso, resultó patente que los datos no avalan su teoría. Al contrario, se precisó adulterar la información obtenida tras la incursión de los destacamentos paramilitares.
La actualidad se halla plagada de milicias de extrema derecha, bandas que ofrecen servicios de desahucio dirigidos contra los desposeídos e incluso individuos que actúan como «vengadores» en tiroteos masivos.
Ese constituye el núcleo de la obra. Ya desde el inicio, numerosos ciudadanos rechazan la noción misma de orar para liberar la agresividad. Ello es evidente para los activistas; resulta también manifiesto para los delincuentes –quienes devienen ingenuamente en antihéroes–; y queda de relieve para la científica principal al cierre del filme. La mera concurrencia de una resistencia abierta a esta prueba parece certificar la debilidad de la concepción humana violenta del régimen.
En esta cinta, al igual que en las restantes de la saga, el dispositivo cinematográfico hace hincapié en la relevancia de una visión vital colectiva y popular. Pese a que la puesta en escena adolece de falta de profundidad y peca de cierta candidez, resulta fundamental evocar el postulado elemental que moviliza a todos estos metrajes: no albergamos una índole agresiva; tal noción ha de ser inoculada verticalmente.
Para concluir este escrito, es posible subrayar tres aristas de nuestra problemática actualidad. En primer término, es preciso combatir la cultura contemporánea del sacrificio que permea los estratos medios, afectando sobre todo a los colectivos desfavorecidos y racializados. Esto asienta los cimientos de la brutalidad sistémica que emponzoña a las comunidades. Asimismo, resulta imperativo rastrear los engranajes internos de la hostilidad orquestada que hoy ampara intereses velados que moldean las ciudades. Finalmente, no cabe ignorar, en el seno de una realidad individualista y cruenta, que nuestro mayor baluarte es la fraternidad y que ninguna supuesta predisposición biológica se antepone a ella.
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