El tan sorprendente como desconocido último Michel Foucault: ¿su mejor versión: el parresiasta y el psicagogo?

Por Santiago Borda-Malo Echeverri*
Foto de Adobe of Chaos

Parresía Online se suma a las conmemoraciones por el centenario del nacimiento de Michel Foucault, que se cumplirá el próximo 15 de octubre. Para la ocasión, la redacción presenta una serie de tres artículos preparados por Santiago Borda-Malo Echeverri con el propósito de revisar la vigencia del filósofo de Poitiers.
Esta primera entrega se sitúa en los últimos años de vida del autor, entre 1980 y 1984, cuando su investigación se orientó hacia el pensamiento de la antigüedad. El estudio aborda el concepto de parresía como una postura ética basada en la franqueza y el valor de sostener la verdad frente a los demás. También se analiza la psicagogía y la noción del cuidado de sí, rescatando la concepción de la filosofía como una práctica de vida comprometida con la conducta propia.
La publicación de este trabajo inaugura la trilogía dedicada a examinar el pensamiento tardío de Foucault y su lectura de la tradición clásica.

* A mi colega maestro y entrañable amigo William F. Hernández B., Ph.D., el único que me ha acompañado en 30 años de docencia míos por el angosto sendero de la parresía… Este mi legado antes de mi recta final en el desierto y el futuro oasis…

El objetivo de este ensayo académico es rendirle un homenaje al controvertido pensador francés Michel Foucault (1926 – 1984), recordando 40 años de su tránsito definitivo y el centenario de su natalicio (2024 / 2026), efemérides que inspiran profundizar sobre el denominado último Foucault, temática problémica que considero sorprendente y desconocida, y acaso su mejor versión, más allá de la polémica que suscita en el ámbito filosófico. En efecto, a partir de una indagación doctoral, continúo abordando al último Foucault enmarcado entre 1980 y 1984, cerca de un lustro en que él escribió sus dos últimos libros: El uso de los placeres (1984) y El cuidado de sí (1984), pero sobre todo desarrolló la trilogía terminal de sus cursos en el Collège de France: La hermenéutica del sujeto (1981-82), El gobierno de sí y de los otros (1982-83) y El coraje de la verdad (la parresía griega, 1983-84). Al respecto, me propongo bucear, balbucear y arriesgar apenas una respuesta ante mi pregunta problémica: ¿cuál es la mejor versión de Michel Foucault –desde mi óptica de parresía y psicagogía– en su último lustro existencial de lustre y ya liberándose de su lastre?

Desarrollaré mi temática en cinco momentos articulados en tríptico: la irrupción de la parresía o veridicción en el último Foucault hasta convertirlo en un parresiasta; destacaré la influencia decisiva de Sócrates en su curso postrero; la configuración foucaultiana de un neo-cinismo aún por explorar; la psicagogía, tan innovadora como apenas esbozada propuesta foucaultiana a la educación; el curioso vínculo entre Michel Foucault y la Orden Dominicana en la Biblioteca Le Saulchoir (París); y, en última instancia, algunas conclusiones críticas…

La irrupción de la parresía en el último Foucault: el parresiasta

La filosofía –entendida como libre coraje de decir la verdad– fue hija de la parresía. (…) ¿Acaso no es como parresía que debe retomarse sin cesar, que la filosofía recomienza sin cesar? (Foucault, 2009)1
La crítica será inservidumbre voluntaria e indocilidad reflexiva. (Foucault, 2018)2

Como lo expresé en mi pesquisa académica (2014-2018), la parresía fue un eureka filosófico que me desestabilizó al ver en una vitrina de librería –en Bogotá– el libro de Foucault intitulado El coraje de la verdad (2010), pocos años antes traducido al castellano. Se me inspiró –contra viento y marea– el tema de mi tesis doctoral que anhelaba: ¡no lo busqué yo, sino que él me busco a mí! Efectivamente, este fue el último curso del profesor Foucault (1983-84), que se le quedó truncado con su súbita muerte el 24 de junio de 1984. Se trató de una irrupción que lo sobrecogió, también un eureka bebido en la fuente misma de Diógenes de Sínope (apodado El Cínico, adjetivo deformado en adelante, pero que re-traduzco como anárquico liberador y no perverso o depravado, como la mayoría malentiende).

Según la perla anecdótica del inmortal texto de Diógenes Laercio, el filósofo de Sínope afirmó, sin ambages, que el valor más grande y hermoso de un hombre era la sinceridad: parresía o veridicción (παρρησία)3. Actitud que también había asumido Sócrates hasta el heroísmo y en solitario al morir, cuando Diógenes era apenas un niño. Compromiso que intentarían seguir Platón y Aristóteles pero sin arriesgarse al martirio de su maestro, el primer parresiasta por excelencia. Encontramos en La hermenéutica del sujeto (2001)4 la primera alusión foucaultiana a la virtud de la parresía como un momento estelar de su búsqueda filosófica en recta final hacia la muerte.

De hecho, un intuitivo pensador norteamericano, Thomas R. Flynn, perfiló al pensador francés como parresiasta, apenas tres años después de su tan sorpresiva como prematura muerte: «Foucault as a Parrhesiast: his last course at the Collège de France» (1987). Verdadero ejercicio de penetrante intuición fue la actitud de este lúcido pensador. A todas luces, esta cita final recapitula este referente del Foucault parresiasta:

La historia de la filosofía europea moderna es una serie de episodios y formas recurrentes que se transforman como prácticas de veridicción. Y, en suma, la historia de la filosofía es un movimiento de la parresía, como redistribución de esta y juego diverso del decir veraz en relación constante y permanente con la verdad, discurso filosófico con la verdad, bajo la doble forma de la dialéctica y la pedagogía que, sacrificando la retórica, manifiesta, afirma y constituye su vínculo permanente con la verdad, y su libre coraje de expresarla para actuar sobre los otros (…) Práctica que en la crítica de la ilusión, del embuste, del engaño, de la adulación, encuentra su función de verdad. Y es, por último, una práctica que encuentra en la transformación del sujeto por sí mismo –y del sujeto por el otro- su objeto de ejercicio (…) Este es el desafío a la filosofía de constituirse como discurso verdadero y como ascesis, en tanto constitución del sujeto por sí mismo. (Foucault, 2009)5

Justipreciamos, al respecto, otro aspecto muy significativo del último Foucault: «Decir la verdad sobre sí mismo» (2017, texto de Toronto 1982), que yo denomino ‹autoparresía›, clave en la vida personal del pensador acaso para que la veridicción no se convirtiera en desfachatez hacia los demás, como alarde de franqueza.

The mere fact that to tell the truth about oneself (…) This is a problem: why do I have to speak of myself to somebody else, and why am I obliged to tell the truth about my self to people.6 (2023, p. 219, única traducción hasta hoy)

Influencias decisivas en Michel Foucault de Sócrates y del Estoicismo (Epicteto) de cara a la psicagogía

Sócrates es el parresiasta, que no tiene miedo de exponerse a una muerte injusta en nombre de la práctica de la parresía (…) Así ha fundado la filosofía occidental, uno de los muy pocos que plantea el coraje de la verdad (…) Como profesor de filosofía, es preciso hacer al menos una vez en la vida un curso sobre Sócrates y su muerte. (Foucault, 2010, p. 44)

Más que realizar una disertación academicista sobre el influjo de Epicteto en Foucault, tratamos de destacar las citas puntuales que realizó él del estoico en sus tres últimos cursos en el Collège de France, así como en sus dos postreros libros, escritos paralelos antes de morir:

Vedme: carezco de abrigo, de patria, de recursos, de servidumbre. Duermo en el suelo. No tengo ni mujer, ni hijos, ni palacio de gobernador, sino la Tierra sola y el Cielo, y un viejo manto. ¿Y qué me falta? ¿No carezco acaso de penas y temores, luego soy libre? (2010, p. 182).

Reveladoras citas como estas evidencian un Foucault insólito e inaudito, tocado muy internamente por el testimonio socrático y epictetiano, más que una investigación especulativa y academicista: «Dios ha puesto junto a cada hombre, como custodio, un genio particular que no se deja engañar: Dios está adentro y tú eres una chispa de Él (…) ¡Llevas en ti ese Dios, pero puedes opacarlo con tus pensamientos impuros y tus acciones perversas!» (cit. Foucault, 2010, p. 265).

Más aún, este Foucault ya sentenciado en ese entonces por el incipiente SIDA, recobró el valor griego del cuidado de sí (epiméleia heautou). A través de la lectura de los textos estoicos, Foucault rescata un conjunto de prácticas asombrosamente pormenorizadas relativas a la conducción de la mente y las pasiones. Epicteto propone una disciplina diaria basada en la escritura personal, la meditación constante y la preparación para la enfermedad o la muerte, entendiéndolas como acontecimientos independientes de la voluntad que no deben perturbar el juicio moral. Frente a emociones destructivas como la ira o la turbación sensual, el estoicismo exige un trabajo de autorregulación donde el sujeto aprende a distanciarse de las impresiones inmediatas y a dialogar consigo mismo. Asimismo, la relación con las divinidades o la providencia se traduce en el reconocimiento de una chispa divina en el interior de cada individuo, cuyo resguardo demanda mantener los pensamientos exentos de falsedad. Esta tarea de rectificación moral culmina en el ejercicio de una franqueza benévola pero severa hacia los demás, donde el examen personal precede siempre a la corrección de las conductas ajenas. Foucault destaca esta dimensión sagrada de la introspección al señalar:

Dios ha puesto junto a cada hombre, como custodio, un genio particular que no se deja engañar: Dios está adentro y tú eres una chispa de Él (…) ¡Llevas en ti ese Dios, pero puedes opacarlo con tus pensamientos impuros y tus acciones perversas! (cit. en Foucault, 2010, p. 265).

La integración de la corriente estoica y el legado socrático le permite a Foucault articular el cuidado de sí con una actitud crítica frente a los poderes establecidos. El rescate de la parresía antigua desemboca en la valoración del cinismo como la versión más manifiesta de la veridicción, en tanto hace coincidir plenamente el discurso verdadero con la desnudez de la propia vida. De este modo, la ocupación sobre uno mismo deja de representar una retirada al ámbito privado para erigirse en la condición indispensable de toda acción libre y pedagógica en el espacio público. La reflexión foucaultiana sobre el último período antiguo concluye revalorizando esta labor fundamental de gobierno propio, tal como se expresa en el cierre de El cuidado de sí:

Zeus nos ha dado a la vez la posibilidad y el deber de ocuparnos de nosotros mismos, quien te ha confiado y entregado a ti solo (…) El hombre es –en tanto libre y razonable– en la Naturaleza el ser que ha sido encomendado al cuidado de sí. (cit. en Foucault, 1987, p. 46)

La postulación de un neo-cinismo foucaultiano

La práctica del despojamiento Cínico como testimonio o martirio de la verdad, y la ascesis cristiana testimonial, también de la verdad, se encuentran en la manifestación incluso escandalosa de la verdad bárbara: práctica de la vida hasta la muerte por la verdad, paso al límite del coraje de esa verdad en la ruptura, uno de los principios fundamentales de la vida de verdad, que implica la vinculación del estilo de vida y la manifestación de la verdad (‹Aleturgia› inherente a la Parresía…) Se trata de ser un hombre de la verdad que jamás teme decirla, y la hace escuchar cuando nadie dice esa verdad (…) El Ser es y acompaña la Verdad, según Parménides. (2010, pp. 193 ss.)

He aquí una serie de pasajes extraídos de El coraje de la verdad, donde Foucault delinea el significado profundo del cinismo –vocablo mayúsculo hoy tergiversado en su acepción minúscula y despectiva–, cuyas premisas prefiguran la formulación de un neocinismo analítico y renovador7. A tenor de mi argumentación, este neo-cinismo constituye uno de los aportes más significativos en su momento y resignificantes hoy de Foucault a la renovación de la filosofía, en cuanto a estilo filosófico de vivir con autenticidad y coherencia (cf. minimalismo), al margen de tantas modas y clichés posmodernos consumistas. En sus propias palabras:

El Cinismo era todo un estilo de vida auténtico como presencia inmediata, clamorosa y salvaje de la verdad: la vida como disciplina, ascesis y despojamiento de todo. La verdadera vida como vida de verdad. El ejercicio en su vida y por su vi da del escándalo de la verdad,que trascendió al Imperio Romano (…) Mostraré por qué y cómo el Cinismo no es simplemente, como suele imaginárselo, una figura un poco particular, singular y en definitiva olvidada de la filosofía antigua, sino una categoría histórica que atraviesa, bajo diversas formas, con variados objetivos, toda la historia occidental hasta confundirse con la historia del pensamiento, la existencia y la subjetividad occidentales. Un Cinismo transhistórico cuyo núcleo histórico perdura hasta hoy. (Foucault, 2010b, p. 187)

Y, en cuanto a las características del que yo denomino neo-cinismo, Foucault puntualiza cinco aspectos que he inferido en mi investigación –deslindando y desglosando sus textos-, y sus enseñanzas impregnadas todas ellas por la transversalidad de la parresía:

  1. Suscita el escándalo como resultado de actitudes pro-vocadoras que desocultan la verdad en la sociedad, aunque no se trata de llegar a la desfachatez ofensiva.
  2. Asumir la vida filosófica como estilo de una vida franca, sapiencial y traslúcida.
  3. Ocuparse de uno mismo como prioridad de un êthos coherente, sobre la base del autoconocimiento liberador.
  4. Encarar el problema de la transvaloración o replanteamiento axiológico en el mundo presente, como lo asumió Nietzsche, referente imprescindible de Foucault.
  5. En quinto lugar, es necesario resignificar cuatro principios que jalonan esta andadura peculiarmente ética: la filosofía como preparación para la vida; la preocupación prioritaria por sí mismo; privilegiar lo existencialmente útil (praxeológico); y cambiar el valor de la moneda o transvaloración parresiástica. De este modo, re-leer el Cinismo permite entenderlo no solo como una figura particular de la filosofía antigua, sino como una actitud recurrente a lo largo de toda la historia occidental que plantea, bajo la forma del escándalo, la cuestión de la vida filosófica a través de referentes como Antístenes de Atenas, Diógenes de Sínope y Crates de Tebas.8

Para el Cinismo, en primer lugar, la filosofía es una preparación para la vida en tanto existencia real. En segundo lugar, esta preparación existencial implica ocuparse ante todo de sí mismo, que es lo único serio. En tercer término, para este cometido, sólo es preciso estudiar lo realmente útil en y para la existencia, según palabras textuales de Diógenes ‹El Cínico›, citadas por Diógenes Laercio9. De hecho, aquél censuraba a los seres humanos por tantas preocupaciones exteriores secundarias y el olvido de lo esencial: la atención de sí mismo. En cuarto lugar, uno debe conformar su vida a los preceptos que formula: que los principios verdaderos que se asumen cuenten con la garantía y la autenticación de la propia manera de vivir. Estos principios fueron una constante de Sócrates, de los estoicos e incluso de los epicúreos, neoplatónicos y eclécticos como Marco Tulio Cicerón (106 a.C.-43 a.C.). Y un quinto principio sería cambiar el valor de la moneda (Diógenes, revalorando por pensadores actuales como Sloterdijk y Onfray) con sentido a veces peyorativo y otras positivo, que aludía a la transvaloración: falsificar las costumbres establecidas, como lo hicieron sus discípulos Mónimo y Crates, dando sus bienes a los pobres o incluso arrojando el dinero al mar. Este quinto principio extremo fue el distintivo de los Cínicos, incluso su plus y/o ‹valor agregado›.

En síntesis, dos principios prevalecían: conócete a ti mismo y reevalúa tu moneda (atribuidos a Apolo Pitio). Pautas correlativas, que sustituyen la falsa moneda de la opinión (doxa) y uno se asume a sí mismo, y que los otros obtienen de uno por una verdadera moneda que es el conocimiento de sí. En este contexto, se explican las inmortales anécdotas de Diógenes de Sínope con el emperador Alejandro Magno y sus enseñanzas parresiásticas, que se volvieron leyenda en el corazón de la experiencia y la práctica cínicas: «El verdadero rey –se atrevió a decirle el filósofo del tonel al máximo emperador- soy yo». Incluso el propio Platón llegó a recriminar a Diógenes diciéndole que, si aprendiera a acomodarse ante los poderosos, no tendría que alimentarse con simples lentejas. A esto, Diógenes le respondió con una inolvidable réplica: «¡Y si tú hubieses aprendido a comer lentejas, no tendrías que haberte vendido al poder!».10

1 El coraje de la verdad: El gobierno de sí y de los otros II (Curso en el Collège de France, 1983-1984). Traducido por Horacio Pons, Fondo de Cultura Económica, 2009, pp. 346 y 354. En este pasaje de su última lección, Foucault sostiene que la filosofía no es solo una doctrina teórica, sino un compromiso continuo de decir la verdad frente al mundo con libertad y valentía (parresía).

2 ¿Qué es la Crítica? seguido de La cultura de sí. Traducción de Javier de la Higuera, Siglo XXI Editores, 2018, p. 52. En esta célebre conferencia de 1978, Foucault define la actitud crítica no como una mera postura teórica o académica, sino como el arte de no ser gobernado de determinada manera, es decir, como un acto de autonomía ética y resistencia consciente frente a los abusos del poder y la servidumbre impuesta.

3 Libro VI, §69; edición de 2008, p. 310.

4 L’herméneutique du sujet: Cours au Collège de France (1981-1982). Gallimard / Seuil. Trabajo original dictado en 1981-1982.

5 El coraje de la verdad: El gobierno de sí y de los otros II. Curso en el Collège de France (1983-1984). Traducido por Horacio Pons, Fondo de Cultura Económica, 2009, pp. 344-345 (Trabajo original dictado en 1984). En este pasaje de su último curso, Foucault reinterpreta la historia de la filosofía occidental no como una simple acumulación de doctrinas teóricas, sino como una práctica ética (ascesis) orientada a decir la verdad con valentía (parresía), desenmascarar el engaño y transformar la vida del propio sujeto y de los demás.

6 Única traducción hasta hoy (2023, p. 219).

7 Foucault, Michel. El coraje de la verdad: El gobierno de sí y de los otros II (Curso en el Collège de France, 1983-1984). Traducido por Horacio Pons, Fondo de Cultura Económica, 2010. En estas lecciones, Foucault rescata el Cinismo antiguo (representado por Diógenes de Sínope y Crates de Tebas) no como una actitud de desfachatez o hipocresía –sentido peyorativo moderno–, sino como un estilo de vida austero y radical donde la verdad se encarna en la propia existencia (aleturgia). Para una profundización sobre la resignificación de esta corriente en la obra tardía del pensador francés, véase también Borda-Malo, Santiago, «Reivindicación y justipreciación foucaultianas del Cinismo» (2019).

8 Para comprobar cómo el filósofo estoico Epicteto describe a este filósofo ideal (que combina la ética de Sócrates con la de los cínicos), se puede comparar y consultar el Libro III de las Disertaciones de Epicteto, el cual viene citado y analizado a partir de la página 182 en adelante del libro de Foucault de 2010 (El coraje de la verdad).

9 Para leer el texto original donde Diógenes dice esto, se puede consultar elLibro 6, párrafos 27 y 28 de la obra de Diógenes Laercio titulada Vidas de los filósofos más ilustres.

10 Esta célebre lección sobre la independencia y la austeridad es una de las anécdotas que Foucault analiza detalladamente en sus lecciones sobre el cinismo (El coraje de la verdad, 2010, pp. 249-255).

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