Foto de Tom Fournier
El extraño inicio del 2026, cuyo punto más dramático fue el bombardeo a Caracas y el secuestro de Nicolás Maduro para ser enjuiciado de manera artificial en Estados Unidos, amenaza con fracturar un sinfín de certezas sobre las que se asentaba el hegemónico discurso político y lo que queríamos creer sobre el orden multilateral. Las consignas más ingenuas acusan un supuesto fin del mítico «orden internacional basado en reglas». En general, la tónica ha sido una pura constatación de los hechos: parece imperar «la ley del más fuerte».
Y, sin embargo, en medio de la consternación, bien vale tomarse un momento para respirar. Y es que no hay mejor respiro que distanciarse y darse el tiempo de pensar. Entonces, si por crítica entendemos una cierta capacidad de hacer cuestionamientos capaces de salir del marco de referencia ordinario, sería útil en este momento tomar alguna distancia prudente, tanto de los acontecimientos como de la estupefacción misma. Invitemos, por ahora, a criticar y reflexionar.
Yo propongo, un tanto de manera arbitraria y otro tanto por el agotamiento del análisis de los hechos –ya que a día de hoy parece haberse vertido suficiente tinta al respecto–, centrarnos en los mecanismos que motivan a académicos, periodistas, analistas y liberales saltar al unísono con el anatema en boca: «¡Es el fin de las instituciones, es el fin del orden de la Postguerra!».
Puestos de frente ante la pregunta ¿es realmente nuevo lo que hemos visto?, ¿qué tanto hay de novedad y qué tanto de repetición en este escenario político? Solo se puede suspirar de cansancio. Si se analizan, lejos de la espectacularización del momento, los eventos que involucran a la política estadounidense en casi un siglo, se hace evidente que el trumpismo no es más que la radicalización de un proceso de fascistización de la sociedad estadounidense, el cual hace uso de los mismos recursos y dispositivos que ha usado el Estado norteamericano durante décadas, sino siglos.
El bombardeo de Caracas no es, ni siquiera, una novedad con respecto a cómo han operado históricamente otras potencias occidentales en el resto del mundo1. Dicho de otra forma, este ataque estadounidense no se diferencia mucho de otras acciones emprendidas por Estados Unidos y encabezadas por otros políticos más potables para el mainstream massmediático –incluyendo en la lista a Obama, Biden y Clinton, por supuesto–.
En ese orden de ideas, el escenario dantesco del bombardeo en suelo venezolano y la «extracción» de Maduro –como llaman eufemísticamente los medios que rehúsan llamar a un secuestro por su nombre– no es, ni mucho menos, diferente de lo que fue el bombardeo de Panamá para retirar al antiguo áulico, el general Noriega, en el ‘89. Entonces, si no estamos ante hechos nuevos ¿por qué nos sorprendemos?
Lo que realmente debería sorprendernos no es que estos hechos se repitan. De hecho, vienen repitiéndose incesantemente desde hace bastante tiempo. Lo que, a cambio, debería llamarnos a reflexionar es por qué nos hemos convencido de que la política entre naciones no estaba caracterizada por esa desproporcionalidad de la fuerza. Por qué razón y por influencia de qué fuerzas asumimos que había una especie de orden normativo, neokantiano, que guiaba las relaciones entre naciones.
A mi juicio, lo que salta a la vista es la pobreza de los marcos de pensamiento liberal, su alcance ideológico limitado, que chocan de abruptamente contra la realidad. Pasemos revista a algunos enunciados que están detrás de este desajuste entre el discurso y la política real: se viene repitiendo que, «desde el final de la Segunda Guerra Mundial, el orden internacional se había basado en el respeto a las reglas, especialmente, al derecho internacional». Sin embargo, este enunciado solo tiene sentido si se saca de la ecuación a potencias como Estados Unidos –que «casualmente» es una potencia que se ha negado sistemáticamente a firmar innumerables tratados de los más variados temas, desde derechos humanos, control de armas y ecología, por mencionar unos pocos dominios–.
Para los latinoamericanos, para no ir más lejos, el discurso del orden legalista internacional ha chocado infinitas veces contra golpes de Estado, dictaduras e «intervenciones»2.
Es evidente que el trumpismo no es más que la radicalización de un proceso de fascistización de la sociedad estadounidense, el cual hace uso de los mismos recursos y dispositivos que ha usado el Estado norteamericano durante décadas, sino siglos.
No se había secado la tinta del «Derecho de postguerra» y ya en 1954 veíamos deponer a un presidente electo en Guatemala solo por tocar intereses extranjeros. En 1961, solo dos años después de la revolución cubana, los estadounidenses ya se embarcaban en acciones de desestabilización en la isla. Y ni hablar de las dictaduras caribeñas y del cono sur, casi todas sin excepción impulsadas desde la Escuela de las Américas. Los hechos parecen relativizar, al menos, la afirmación de un orden legalista internacional que cobija a todos los países por igual.
Dejemos por el momento el apabullador sumario de las acciones unilaterales estadounidenses en suelo soberano latinoamericano. Al fin y al cabo, llevamos casi tres décadas de escuchar que, «con el final de la Guerra Fría habíamos asistido al triunfo de las instituciones liberales internacionales». Este es, quizá, uno de los favoritos de analistas y politólogos mediáticos que cada dos frases invitan a Estados Unidos a encabezar al mundo libre y a la Unión Europea a sumarse en este proyecto.
Y nuevamente, para nadie es un secreto que dicho proceso de apaciguamiento legalista internacional, consagrado con el derrumbe de la alternativa soviética, vio su final con las acciones unilaterales de –nuevamente– Estados Unidos en Irak, en la primera guerra del golfo. Más adelante, y justo antes del cambio de siglo, la OTAN se embarcaría en su propio atentado al legalismo internacional con el bombardeo de Yugoslavia sin el visto bueno del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas3.
Vemos aquí al consenso internacional de la posguerra, sus potencias firmantes, dar al traste con esta supuesta idea de legalidad de las acciones entre Estados. Cada uno de estos casos ha marcado un sistemático uso de la fuerza que no se conduele con el supuesto marco normativo internacional.
Por supuesto que eso no significa que dicho sistema no haya dado resultados importantes, o que toda crítica deba desconocer de suyo los elementos positivos del sistema internacional de derecho. Allí nos quedan importantes testimonios de la infamia humana, resultado de la labor de importantes instancias, tales como los juicios de Nuremberg, el Tribunal Penal Militar Internacional para el Lejano Oriente o el Tribunal Penal Internacional para la antigua Yugoslavia, por mencionar solo tres ejemplos.
Lo que invitamos a cuestionar es el encasillamiento en el que parecen haberse coagulado buena parte del discurso político actual, para el cual los hechos que hemos venido comentando no tienen importancia alguna. Parece que no tienen relevancia cuando se habla de geopolítica y orden internacional.
Porque no se puede afirmar con tranquilidad que la invasión rusa de Ucrania es un atentado «sin precedentes» contra el orden jurídico internacional, y hacer caso omiso de las innumerables veces en que las potencias occidentales han hecho de las suyas en territorios soberanos de otras latitudes. Lo grave, lo realmente grave no es solo el acto cándido de ver una novedad donde no la hay, sino caer en una especie de autoengaño en el que los tozudos hechos no son evaluados.
No podemos engañarnos. La idea de un orden basado en el derecho entre naciones, en un código de conducta que sigan todos los países y del respeto mutuo entre Estados es una idea fantástica. ¿A quién no le gustaría que así fuera? Pero no podemos creer que, porque un mito es encantador, supone que sea cierto. Porque lo importante no es solo lanzar ideas románticas sobre el funcionamiento del orden mundial. Lo que se pide a los operadores mediáticos, los analistas y periodistas, es que den su valoraciones y sus opiniones basadas en evidencia y con rigor.
Y si a las pruebas nos remitimos, el orden internacional solo ha funcionado porque se ha hecho caso omiso de los hechos: las intervenciones, las invasiones, los bloqueos, los embargos… Por ende, el discurso del orden internacional legalista solo tiene sentido si se parte de lo que en este punto debería ser obvio: el excepcionalismo estadounidense.
El excepcionalismo, este término a primera vista tan degradable lleva ocupando desde hace décadas el centro del debate filosófico político. Desde Hobbes –por ejemplo– se argumenta que la ley que prohíbe el uso de la violencia, la cual es una ley fundante del contrato estatal, tiene una sola excepción, la violencia estatal. Es decir que el pacto que míticamente se estableció para suspender la violencia partidaria sí cobija el uso de la violencia, en el caso en que este nuevo Leviatán, suma de voluntades, deba garantizar su propia continuidad.
Quiere decir que todo sistema jurídico construido en la modernidad se sustenta no solo en la validez argumentativa, sintáctica y moral del código jurídico, sino en un ejercicio de fuerza y violencia que le es consustancial. Ello supone, además, que el orden que prohíbe ciertos ejercicios de violencia guarda un pequeño inciso en el que la prohibición se suspende si quien lo ejerce es el Estado o sus representantes.
El problema con esto, que para los clásicos tratadistas del Estado era un evidente ejercicio excepciona, es que actualmente parece ser la regularidad de la acción estatal. Giorgio Agambena lleva décadas analizando cómo en las sociedades actuales, los Estados se arrogan cada vez más esta función de excepcionalidad y la ejercen de manera explícita o implícita4.
Salta a la vista la pobreza de los marcos de pensamiento liberal, su alcance ideológico limitado, que chocan de abruptamente contra la realidad.
Pensemos por un momento en que, en todos los Estados contemporáneos está prohibido el asesinato, la tortura y la mutilación. Y, sin embargo, en casi todos ellos podemos constatar ejercicios de violencia casi siempre contra las manifestaciones populares, en los que estos hechos son investidos legitimidad.
Hoy, hace parte del paisaje ver una manifestación reprimida con brutalidad, en la que los manifestantes pierden sus ojos5 y hasta sus vidas. Y esto no solo afecta a las voces críticas en países considerados parias en el orden jurídico internacional como Irán o Venezuela. También sucede en los grandes ejemplos liberales de Occidente. El problema con este tipo excepcionalidad es que, vista a escala planetaria, parece siempre excusar a los mismos, a Europa y a Estados Unidos como sus principales protagonistas.
El ejercicio de inventarnos una supuesta juridicidad internacional, que cobijaba por igual a todos los Estados, no fue accidental. Los analistas que invocaban este orden normativo no lo hacían por un error de cálculo o por mala memoria. Su error fue intencional. Siempre se ha ocultado este orden político, porque en el fondo lo que se ha buscado es naturalizar la excepcionalidad estadounidense –y de sus adláteres–.
Porque el excepcionalismo de los fuertes siempre ha estado allí y nunca se ha ido. El excepcionalismo yankee nació con la doctrina del destino manifiesto en el siglo XIX, se afianzó con la conversión de la doctrina Monroe en una bandera imperialista hemisférica, se consagró con la doctrina de la fruta madura con la que los Estados Unidos intervino en el Caribe –y gracias a la cual dio el gran salto a ser in imperio mundial, con colonias en el Indo-pacífico– y cuando, finalmente, quedó como única superpotencia mundial imponiendo democracias en todo el globo.
Este excepcionalismo, decimos, se viene practicando desde hace siglos, y no revisar estos hechos de cara a un supuesto ordenamiento jurídico internacional, que no es capaz de solventar problemas que involucran a naciones débiles contra superpotencias, no solo es un acto de ingenuidad, es una deshonestidad intelectual que el público no merece.
1 Fueron 78 días en los que el derecho internacional se suspendió por iniciativa de las autodenominadas Naciones Libresb.
2 Que el Estado es una institución caracterizada –ante todo– por el monopolio de la violencia, el cual se arroga la discrecionalidad de ejercerla.
3 Bombardear suelo de nacionales soberanas ha sido un recurso utilizado desde siempre por potencias imperiales: desde el siglo XIX, con los bombardeos británicos en las guerras del opio hasta entrado nuestro siglo con los ataques aéreos de Francia sobre Libia.
4 Ya no son novedosos los sumarios de la intervención yankee en América Latinac.
5 Desde Francia, pasando por Israel, Chile y Colombia. La anatomopolítica de la mutilación ocular en todo el mundo es un hecho preocupanted.
