¿Es posible una revolución socialista en la Argentina de Milei?

Por Daniel Lencina

Caricatura de Néstor Martin, especial para Parresía Online

Las constantes diatribas del presidente argentino Javier Milei contra el colectivismo y los principios socialistas –desde calificar a Karl Marx como un «barbudo empobrecedor»1 hasta afirmar que la «verdadera teoría de la explotación» es la del propio Marx2– no solo dan cuenta del populismo que atraviesa su excéntrica discursividad, sino también de un evidente desconocimiento de esos fundamentos por parte de quien se auto percibe como un genio de la economía. Tal es el grado de atrevimiento que, en su alocución en el 11.º Latam Economic Forum 2025, celebrado en Buenos Aires, afirmó haber refutado la teoría marxista de la explotación, sosteniendo que los trabajadores «le compran dinero a su empleador a cambio de trabajo»3.

Que el conocimiento vulgar o popular asocie las ideas de Marx con experiencias revolucionarias en países como China, Cuba, Rusia o Venezuela, para concluir a partir de ello su inviabilidad, podría resultar hasta comprensible si no mediara un análisis riguroso. Y ello es permisible teniendo en cuenta que el corpus teórico marxista padece la paradoja de ser ampliamente influyente y profusamente malinterpretado y, en no pocos casos, profundamente desconocido, quizá como consecuencia de su propia densidad conceptual.

Lo que no resulta aceptable es que tales reduccionismos provengan de alguien con aspiraciones explícitas al Premio Nobel de Economía4 5. Paradójicamente, la propia administración mileísta no ha dudado en utilizar los aparatos estatales para divulgar este tipo simplificaciones, como los dibujos animados emitidos por la señal Paka-Paka que demonizan tanto a Marx como al socialismo6.

Basta un mínimo de curiosidad intelectual y un análisis elemental para advertir las inconsistencias de la diatriba libertaria. En primer lugar, cabe preguntarse: ¿en qué país puede afirmarse que las ideas marxistas se hayan plasmado de manera tal que pueda concluirse que sus fundamentos son inverosímiles? En sentido estricto, en ninguno. Y ello se debe a que Marx preveía que la revolución socialista tendría lugar en sociedades capitalistas industrialmente avanzadas –como Alemania, Francia, Inglaterra o Estados Unidos–, y no en los casos habitualmente invocados, dado que, al momento de sus respectivas revoluciones, se trataba de países predominantemente agrarios y escasamente industrializados.

Esto queda claro en distintos pasajes de su obra, como en El Manifiesto Comunista (1848), particularmente en el capítulo I, «Burgueses y proletarios», donde Marx y Friedrich Engels describen cómo es la propia burguesía industrial la que crea al proletariado moderno, concentrando a los obreros en fábricas y ciudades de un modo tal que se generan las condiciones objetivas para su propia superación histórica. En otras palabras, el sujeto revolucionario emerge del capitalismo industrial, no del campesinado7.

Otro tratamiento relevante de este punto aparece en la obra cumbre de Marx, El Capital (1867), especialmente en el capítulo dedicado al proceso de acumulación. Allí toma a Inglaterra como caso paradigmático y sostiene que solo donde el capitalismo se encuentre plenamente desarrollado puede emerger un proletariado en condiciones de llevar adelante una revolución como resultado de su propia opresión8.

Asimismo, en el Prólogo a Contribución a la crítica de la economía política (1859), donde formula los núcleos conceptuales del materialismo histórico, sostiene que las relaciones de producción deben corresponderse con el desarrollo de las fuerzas productivas. De ello se desprende que el socialismo solo puede surgir cuando el capitalismo haya alcanzado una cierta madurez, es decir, en sociedades altamente industrializadas: «Las fuerzas productivas que se desarrollan en la sociedad burguesa brindan, al mismo tiempo, las condiciones materiales para la solución de este antagonismo. Con esta formación social se cierra, por lo tanto, la prehistoria de la sociedad humana»9.

De este modo, aunque el sentido común asocie las prácticas revolucionarias socialistas con las experiencias de China, Cuba, Rusia o Venezuela, no puede afirmarse que alguna de ellas haya sido el resultado directo de una praxis marxiana en sentido estricto. Cada una respondió a condiciones históricas específicas y, en todo caso, dio lugar a reinterpretaciones particulares del marxismo. El levantamiento ruso de 1917, por ejemplo, fue una revolución dirigida por una élite política –la conducción del Partido Bolchevique– en un país atrasado desde el punto de vista industrial. Puede sostenerse que fue una revolución realizada en nombre del proletariado que posteriormente dio lugar al leninismo, pero no una revolución proletaria en sentido marxiano, dado que Rusia carecía de un proletariado industrial maduro10.

En el caso de la revolución china de 1949, se trató fundamentalmente de un alzamiento campesino y no obrero. Aunque empleó una retórica marxista, Mao redefinió la lucha de clases en términos rurales, sustituyendo al proletariado y a la burguesía –prácticamente inexistentes en la China de la época– por el campesinado como sujeto histórico11. Por su parte, la revolución encabezada por Fidel Castro en Cuba en 1959 no nació como una revolución marxista, sino como un movimiento nacionalista y antiimperialista contra la dictadura de Fulgencio Batista. La categoría del proletariado industrial fue allí marginal, y la adopción del discurso socialista se produjo posteriormente como resultado de los condicionamientos económicos y la necesidad de entablar alineamientos geopolíticos12.

Cabe preguntarse: ¿en qué país puede afirmarse que las ideas marxistas se hayan plasmado de manera tal que pueda concluirse que sus fundamentos son inverosímiles? En sentido estricto, en ninguno.

Finalmente, el proceso venezolano puede caracterizarse más adecuadamente como un intento de transformación desde dentro del Estado que como una revolución clásica. No hubo una toma revolucionaria del poder, sino un acceso por la vía electoral. Tampoco se abolió el capitalismo ni la propiedad privada, y la economía continuó siendo esencialmente rentista y extractivista, no industrial-socialista. En todo caso, puede hablarse de un proyecto populista con retórica socialista, pero sin una revolución social en sentido estricto13.

Aun cuando estas experiencias representaron respuestas a situaciones de atraso, dependencia o crisis estatal, no expresan la realización del esquema histórico delineado por Marx. En el mejor de los casos, utilizaron al marxismo como un recurso discursivo de legitimación, pero no se produjeron en los escenarios históricos que Marx consideraba necesarios.

Este recorrido permite comprender que, aun en un contexto de crisis estructural y malestar social generalizado, tampoco existirían las condiciones para una revolución socialista en los términos marxianos en la Argentina contemporánea. Si bien el país atraviesa recurrentes crisis, su capitalismo es más financiarizado que industrializado14; el trabajo aparece fragmentado por la informalidad, la precarización y la expansión de la economía social15; no existe una conciencia de clase unificada ni un sujeto obrero central, ni tampoco una burguesía industrial plenamente desarrollada. Se trata, en suma, de un país de desarrollo industrial intermedio. De hecho, se encuentra en el 26º puesto entre las economías de mayor producción industrial del mundo y 45º en términos per cápita16.

Desde este marco teórico, estas condiciones no son las de emergencia de un proletariado capaz de tomar conciencia de sí, organizarse y actuar como sujeto histórico. ¿De qué deberían tomar conciencia los trabajadores? De su situación de opresión y del hecho de que son sistemáticamente despojados del producto de su trabajo: la plusvalía.

Entre sus múltiples facetas –periodista, filósofo, historiador, sociólogo– Marx fue también economista, y para demostrar este despojo planteó un razonamiento de notable sencillez. El proceso de producción capitalista supone una asociación entre el propietario de los medios de producción y el trabajador: el burgués aporta el capital, las maquinarias y el equipamiento; el trabajador, al no disponer de otra mercancía, ofrece su fuerza de trabajo. Esta no es el trabajo en acto, sino la capacidad potencial de trabajar, es decir, el conjunto de energías físicas, intelectuales y técnicas que puede poner en acción para producir bienes y servicios, y que vende a cambio de un salario.

Si a un trabajador argentino –o de alguna otra latitud– se le preguntara por qué trabaja, probablemente respondería «para vivir», «para sobrevivir», «para ganarme el pan» o «para sostener a mi familia». Precisamente allí reside el núcleo del problema, pues se trata de respuestas ideológicas, no científicas. El salario cubre únicamente las necesidades vitales del trabajador –alimentación, vivienda, vestimenta y, en algunos casos, educación– y cumple la función de mantenerlo con vida. El sistema productivo necesita que el trabajador sobreviva, ya que, si muriera, no podría vender su fuerza de trabajo, que es inseparable de su propio cuerpo17, obligando a que la maquinaria se detenga.

El producto de esta relación –la plusvalía– es apropiado por el capitalista, mientras que el trabajador recibe únicamente su salario para vivir. Si a nuestro hipotético trabajador se le preguntara asimismo por qué acepta esta situación, probablemente respondería que su patrón «aporta el dinero» o «es el dueño de la fábrica». Tales respuestas vuelven a ser ideológicas, pues naturalizan relaciones sociales históricas, ocultando la explotación y legitimando los intereses de clase.

Mientras el trabajador no advierta la injusticia de esta situación, permanecerá alienado, es decir, atrapado en relaciones de despojo que percibe como normales e inevitables. En términos marxianos, el proletariado seguirá siendo una «clase en sí», existente objetivamente, pero no una «clase para sí», consciente de su capacidad transformadora. Si ejercieran esta capacidad, los trabajadores podrían lograr una maduración de sus circunstancias a través del acto de compartir entre sí sus experiencias de explotación como proceso ligado al trabajo capitalista, construyendo una «conciencia de clase»18. Todo esto ya nos ofrece alguna respuesta acerca de si es posible una revolución socialista en Argentina.

Tampoco es cierto que el pensamiento marxista prevea la totalización de las esferas vitales por parte del Estado. De hecho, es todo lo contrario. Tras el derrocamiento del poder burgués por parte de la revolución proletaria se iniciaría una fase socialista de transición que contempla el control colectivo de los medios de producción en el marco de la «dictadura del proletariado», permaneciendo el Estado y el salario. Posteriormente emergería la fase comunista, con la desaparición de las clases y la extinción del Estado, además de la abolición del trabajo asalariado y de la propiedad privada19.

En este sentido, y recordando la no lejana anécdota de Milei presentándose a sí mismo como el «topo dentro del Estado que llega para destruirlo»20, el presidente argentino en su desconocimiento tal vez sea más marxista de lo que quisiera tener que admitir.

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