El centro, el liberalismo y el amor por las instituciones (2ª parte)

Por Enver Vargas Murcia

Foto de Daniel Bernard

Proviene de «La derechización de la política, el engaño del centro y el extravío de la izquierda (1ª parte)»

Quienes hoy lanzan gritos de sorpresa y se dejan obnubilar por el supuesto ascenso de las derechas son aquellos personajes que han sabido anidar en el aparato institucional de las sociedades políticas de finales de los ochenta y han callado ante las barbaridades de la embestida neoliberal. Da lo mismo si son políticos, académicos, periodistas y divulgadores. Son un subtipo de «ciudadanos» que ha enarbolado hasta la extenuación los mitos más rocambolescos de la democracia neoliberal, vendiéndolos al público como el «deber ser» mismo de la política. Para entender la deriva contemporánea de la política internacional hace falta comprender el posicionamiento de un tipo de política y de discursos que han contribuido a la falacia de la inviabilidad social, estos son aquellos discursos que se suelen identificar con el centro, que no es otra cosa que la sacralización del liberalismo político.

Hay mucho de sentido común, del más peligroso de todos, en el ejercicio hegemónico de la política actual de masas que ha convertido al «fin de la historia» en su principal compromiso político. Frases hechas como «la democracia es un sistema imperfecto, pero es el mejor sistema que tenemos», «el Estado es de todos» o «hay que apoyar al presidente, sea el que sea, porque si le va bien nos va bien a todos»; todas frases que tienen por función dirigir a la ciudadanía hacia la esterilidad de un ejercicio político sin política. El embeleco que sea es suficiente para conducir a la sociedad a la negación más absoluta de la discusión, del debate y la reflexión. Por curioso que parezca, la política del centro es una política sin centro, sin objeto. Este es el efecto perverso del centro político, que funciona como un agujero negro devorando cualquier disidencia política, en especial, es un ejercicio de las élites orientado a disolver las izquierdas reformistas y revolucionarias.

La asunción del discurso liberal y técnico se corresponde, en las últimas décadas, con la imposición de una política sin ideología. En los distintos contextos del mundo esto se ha traducido en que las supuestas izquierdas institucionales (la new left, la tercera vía, la socialdemocracia reformista, el eurocomunismo, el carrillismo, etc.) que abandonaron toda demanda izquierdista genuina y, dejándose seducir por el dogma neoliberal, construyeron agendas reformistas de corto calado, con grandes consignas, pero sin contenido, sin programas sociales reales.

Sus plataformas políticas no repercuten en una mejora sustancial de las condiciones de vida de las masas populares, pero sí garantizan el dogma neoliberal: destrucción de la provisión de derechos sociales por parte del Estado, flexibilización laboral para el beneficio de los empresarios y compromiso de las élites con los dictámenes de ajuste fiscal que siempre redundan en un mayor incremento de las desigualdades sociales.

En términos estrictos, las nuevas dinámicas de la política mundial no permiten diferenciar claramente entre los discursos del centro, la derecha y la izquierda institucional. Aunque estas fuerzas se diferencian en la tribuna con algunas consignas, casi siempre sin contenido concreto; lo cierto es que las izquierdas institucionales y el centro gobiernan igual que las derechas. Así las cosas, al ciudadano promedio se le dificulta diferenciar entre la política de un partido de centro o de un partido de izquierda, puesto que ambos gobiernan pensando en reducir la inflación, acortar derechos sociales y hasta perseguir las luchas colectivas con las mismas políticas de securitización. El punto relevante aquí es la proliferación del discurso neoliberal, que ha garantizado un unanimismo político del que la izquierda institucional no ha sabido separarse.

En este contexto de unanimidad política y cultural, han hecho carrera periodistas, académicos y políticos idolatrando las instituciones, en un perverso mecanismo que convierte medios en fines. Cada periodo histórico marca sus crisis a partir de los objetos que levanta como fetiches y por medio de los cuales se tiende a extraviar. Por ejemplo, los políticos liberales europeos de los años treinta creyeron falsamente que contentar al nazifascismo cediendo tierra y amparándose en las instituciones heredadas de la Primera Guerra Mundial sería suficiente para detener la guerra. Hoy se siguen equivocando quienes argumentan que por encima de la política y la violencia se encuentran las instituciones. Como en aquel entonces, el mismo liberalismo de centro –o de tercera vía– allana el camino del ascenso de los fascismos. Negar las grandes contradicciones de la política necesariamente abre paso a las fuerzas más retardatarias que sí tienen la claridad suficiente –con la suficiente dosis de violencia y perversidad– para conservar los privilegios de la violencia organizada.

«La democracia es un sistema imperfecto, pero es el mejor sistema que tenemos», «el Estado es de todos» o «hay que apoyar al presidente, sea el que sea, porque si le va bien nos va bien a todos»; todas frases que tienen por función dirigir a la ciudadanía hacia la esterilidad de un ejercicio político sin política.

Este aspecto no debería sorprendernos a los colombianos. Mientras los medios masivos de comunicación y los principales intelectuales del régimen político hablan con orgullo de la solidez del aparato institucional colombiano y de la democracia más antigua de América Latina, tienden a olvidar que en este régimen «democrático» las «instituciones» se aliaron con aparatos paraestatales y con las mafias, que desde las instituciones del Estado se promovieron genocidios, que las Cortes han vendido fallos en alianzas perversas entre las élites locales y los criminales, que nuestra «democracia» es tan antigua porque ha sido la única del hemisferio que supo inventarse una dictadura a turnos entre los dos partidos tradicionales, invento que ha desafiado los mejores y más bienintencionados análisis politológicos de los últimos setenta años.

En fin, mientras las élites del centro y del liberalismo hegemónico señalan, una y otra vez, que la democracia y la instituciones son la única garantía, promueven en el fondo una agenda de prohibición de la movilización popular. Hoy, como si fuera una extraña distopía, los agentes del centro promueven la idea de ilegalizar las manifestaciones públicas, pues «se debe garantizar el derecho a la movilidad de los que no marchan y el derecho de las empresas a producir», aun cuando esto es una clara violación de los derechos civiles y políticos en cualquier régimen político.

El anterior es apenas un esquema general que ayuda a entender el posicionamiento de las políticas liberales, que han conducido a una sociedad de medianía, capaz de invisibilizar las alternativas políticas, que niega la extrema violencia sufrida por los pueblos de parte de las mismas instituciones que sacraliza y que no han sido otra cosa que la violencia organizada de los poderosos. A las izquierdas del mundo no se nos puede olvidar que los Estados y sus instituciones son exactamente eso: ejercicios históricos de violencia organizada.

Vale la pena mencionar algún ejemplo para explicar esta premisa, uno que esté a la orden del día: cuando los pueblos del mundo claman por el derecho humano a migrar, por la protección de las vidas de los asilados, los políticos de centro –herederos de las luces y la democracia blanca– no escatiman esfuerzos en aliarse con los fascistas para imponer nuevas instituciones –reglamentaciones, organizaciones y policías– cuya finalidad explícita es violentar a los migrantes. Esto es lo que está ocurriendo ahora mismo en Europa.

Cuando los pueblos del globo han tenido que padecer el hambre y la miseria neoliberal, de los ajustes estatales, las privatizaciones y los despidos masivos, los herederos del liberalismo y del centro han clamado por la defensa de la seguridad, por la ilegalización de la protesta legítima y por la salvaguarda de las leyes. El imperio de la ley, que tanto defienden, se ejerce a expensas de los derechos colectivos de las grandes mayorías. En Colombia, por ejemplo, se llama a respaldar a las instituciones, aun cuando estas mismas instituciones le han garantizado a los criminales de Estado la mayor impunidad. En Colombia, el imperio de la ley no se diferencia mucho de la ley de impunidad que impera para los criminales de lesa humanidad.

El problema con estas políticas dominantes desde hace décadas es que imponen la reforma, un modelo de reforma vacía, por encima de los cambios y las transformaciones que los pueblos demandan. Con la reforma, se impone también la inoperancia y la inviabilidad política. Porque la imposición de una política sin debate, que no toca los verdaderos problemas que aquejan a las personas, lleva necesariamente a la desazón y la desafección política. Las nuevas izquierdas institucionales, los políticos de centro y las derechas pactaron en un modelo gatopardista que se renueva permanentemente en las urnas: se debe cambiar, en cada legislatura, para permanecer igual. Esta es una razón más para entender porqué las extremas derechas ascienden en la actualidad. Pues, aunque en el fondo se sabe que no cambiarán nada, han sabido articular el único discurso que parece intentar romper con ese pacto político.

Mientras las izquierdas no se separen de esta inviabilidad política, seguirán allanando el camino a una derecha que ha sabido robar los ropajes de la vieja izquierda –solo sus ropas, solo superficialmente–: la rebeldía, el discurso anti-sistema y la promesa de un verdadero cambio. Evidentemente, los políticos de extrema derecha no cumplirán con sus promesas de restituir los derechos laborales, afianzarán la política depredadora contra el medio ambiente y estructurarán nuevos Estados policiales a la altura del siglo XXI.

La izquierda debe recuperar la ambición de un discurso propio y disruptivo, la posición política que la hizo vanguardia en las masas populares de otras épocas, enarbolando sus derechos como premisa indispensable del cambio social; debe poder articular una política ambiental en beneficio de los pequeños campesinos, no hacer de ellos caldo de cultivo del monstruo neofascista.

Continúa en «Una izquierda sin ambición: el cambio es imposible (3ª parte)»

¡Recibe las publicaciones de Parresía Online en tu correo electrónico!