El socialismo criollo posible desde El Manifiesto a Zasúlich (2ª parte)

Por Daniel Lencina

Caricatura de Néstor Martin

Proviene de «¿Es posible una revolución socialista en la Argentina de Milei? (1ª parte)»

En una anterior entrega se planteaban los argumentos de lo lejano que, pese a las severas circunstancias de desempleo, precarización y reforma laboral1, puede resultar pensar en la emergencia de una revolución auténticamente socialista en la Argentina del presente. Aunque el argumento popular afirme que las experiencias socialistas en países como Rusia, China, Venezuela y Cuba fueron fallidas, la verdadera causa que alcanzaría al país sudamericano es que, en términos estrictamente marxianos, la revolución debería tener lugar en países que ya hayan alcanzado un estadio industrial avanzado, pues son estas las condiciones que permitirían a los trabajadores constituirse en una «clase para sí» consciente tanto de su situación de opresión como de su potencia transformadora2.

Pero también es cierto que el pensamiento de Karl Marx lejos ha estado de permanecer inmóvil. Si bien bajo los mismos ejes argumentales fundamentales, el Marx tardío se permitió revisar algunas cuestiones –especialmente añadiendo elementos y ampliando sus análisis– volviéndose menos rígido.

Puede decirse, a grandes rasgos, que el Marx temprano se corresponde con el del Manifiesto Comunista (1848) –aproximadamente entre 1840 y1860–, donde expuso sus primeras formulaciones sobre el materialismo histórico. Allí aborda un análisis del capitalismo industrial, cuya idea central es que la historia sigue una secuencia lineal (feudalismo-capitalismo industrial-socialismo-comunismo), de acuerdo con la cual es el propio capitalismo el que desarrolla las condiciones para el surgimiento de un proletariado organizado capaz de emprender la revolución socialista. Por ello pensaba que ésta ocurriría en países fuertemente industrializados como Inglaterra, Alemania, Francia y Estados Unidos, y no en los agrarios y atrasados3.

Sin embargo, sus estudios posteriores también pusieron foco en otras regiones del mundo donde estaban ocurriendo hechos que llamaron su atención. Por ejemplo, en sus últimos años se interesó por Argelia, India y Rusia, donde observó cómo el capitalismo europeo se expandía para transformar sociedades no occidentales, llevándolo a cuestionar si todas las regiones debían seguir el mismo trayecto histórico anteriormente detallado4.

Desde 1830 Argelia era una colonia francesa que sufría la expropiación de sus tierras comunales y el desplazamiento de las comunidades locales. Puede decirse que se imponía una economía orientada a Europa, llevando a Marx a estudiar cómo el colonialismo destruía las tradicionales formas colectivas de propiedad y a repensar si todas las sociedades debían pasar por el mismo camino que Europa5.

Por su parte, India era una colonia de un Imperio británico que estaba destruyendo la economía artesanal tradicional. En ese momento se introdujeron ferrocarriles, comercio mundial y nuevas relaciones de propiedad, conduciendo al planteamiento de que el capitalismo europeo desestructuraba las sociedades tradicionales y a la pregunta de si tal proceso era puramente destructivo o si creaba las condiciones para un cambio histórico6.

En tanto, en Rusia –un país donde en ese momento había escasa industria y era primordialmente agrario y campesino– se estaban produciendo hechos que también cuestionaban la trayectoria europea. El país estaba gobernado por una monarquía autocrática –el zarismo– que dispuso una medida que comenzaría a cambiarlo todo: en 1861, el zar Alejandro II abolió la servidumbre por lo que, aunque millones de campesinos dejaron de ser propiedad de los terratenientes, quedaron endeudados y en posesión de tierras de baja calidad. La situación generó tensiones que evidenciaban el choque entre formas precapitalistas y el capitalismo que se pretendía introducir. Hasta ese momento, la propiedad de la tierra era colectiva a partir del reparto de parcelas de la comuna rural –mir u obshchina– entre las familias, por lo que no había propiedad privada plena, aspecto que era clave para el análisis marxiano.

Las nuevas políticas generaron ambigüedad, pues el Estado procuraba introducir el capitalismo en un escenario donde aún existían estructuras comunitarias tradicionales. Se produjeron movimientos estudiantiles y campesinos y la pregunta de si Rusia debía pasar por el capitalismo o saltarlo estaba en el aire. Se trataba de un caso único, por lo que Marx pensó que podría, bajo ciertas condiciones, usar la comuna rural como modelo para una vía socialista distinta. Estos análisis quedaron generosamente plasmados en la carta a la escritora y activista polaca Vera Zasúlich (1881)7.

Todas estas revisiones se corresponden ya con el Marx tardío, que se extiende aproximadamente entre 1870 y 1883 y es el de los últimos años de El capital –una obra que le demandó 25 años de trabajo– y la referida carta a Zasúlich. Aquí surge que, si bien habrían vías socialistas alternativas, ello solo tendría éxito si la revolución se extendía a países que efectivamente estaban industrializados. Es decir que el socialismo seguiría requiriendo de condiciones materiales avanzadas que en todo caso podrían provenir de la escala internacional.

En consecuencia, siguiendo el hilo de nuestro planteamiento original, ¿podría –entonces– haber lugar para una revolución socialista propiamente argentina, esta vez a partir de estas revisiones? Y aquí es preciso insistir en que, incluso bajo el lente analítico del Marx tardío, la respuesta seguiría siendo que, en términos generales, tales condiciones no estarían dadas. Si bien en esta fase marxiana no todos los países siguen la misma vía y pueden haber otras trayectorias, se mantiene la idea de la necesidad de participación de condiciones materiales que estimulen al proletariado a erigirse en una «clase para sí».

El pensamiento de Karl Marx lejos ha estado de permanecer inmóvil. Si bien bajo los mismos ejes argumentales fundamentales, el Marx tardío se permitió revisar algunas cuestiones –especialmente añadiendo elementos y ampliando sus análisis– volviéndose menos rígido.

En este sentido es preciso establecer que Argentina tiene una industria débil y dependiente. Tanto es así que es la actividad de las pymes –y no la de la gran industria– la que emplea alrededor del 64% del trabajo asalariado registrado, además de representar el 99,4% del total de empresas formalizadas8. En tanto, las empresas con más de 200 empleados representan solo el 0,6% del total y emplean a alrededor del 34% de los trabajadores formalizados en todas las actividades –no solo en la industria–9. Esto solo puede significar que el gran sector industrial, más que capacidad productiva, lo que tiene es capacidad de lobby.

Esto se da, además, en el marco de una economía primordialmente ligada a la producción de materias primas con un significativo peso del sector financiero y de servicios, junto con –tal como se detalló en la primera entrega– un contexto marcado por el trabajo informal. Pero, por otra parte, Argentina también carece de formas colectivas tradicionales de propiedad –como las de la comuna rusa– que puedan servir de plataformas para un salto hacia el socialismo, ya que la estructura agraria es mayormente capitalista y privada.

Entonces, ¿podría por otra parte apoyarse en un proceso internacional? Esto sería posible únicamente si se registraran transformaciones en países industrializados a cuyos procesos Argentina pudiera integrarse. Hay que convenir que, a escala mundial, hoy no existe tal escenario.

Esta discusión deja traslucir otro de los puntos que configuran el imaginario respecto del pensamiento marxista –apoyado en un comprensible desconocimiento y su consecuente malinterpretación–, del que el presidente argentino Javier Milei no deja de hacerse eco: el de ver al socialismo como un orden externo o antagonista al capitalismo10. En realidad, no hay nada más lejano al pensamiento de Marx que, incluso en su fase tardía entiende al capitalismo como una etapa histórica que genera las condiciones para su superación a partir del desarrollo de las fuerzas productivas, la industrialización y el fortalecimiento del proletariado moderno. Es a partir de sus contradicciones internas que el capitalismo termina siendo hasta necesario, pues crea aquello que el socialismo requiere a partir de conflictos que lo hacen insostenible, tales como exceso de mercancías y salarios demasiado bajos para comprarlas, crisis económicas, quiebras y miseria social.

Por este motivo puede decirse que tal confrontación no nace exactamente de Marx, sino de sus interpretaciones posteriores. Marx sí hablaba de luchas entre clases –burguesía vs. proletariado– y de choques como motores de la historia, pero eso es distinto a plantear que el capitalismo y el socialismo sean enemigos ontológicos. Puede decirse que, para Marx, el socialismo nace dentro del capitalismo, de la resolución de sus contradicciones, más que desde afuera o por pura voluntad política. En todo caso, aquel antagonismo más radical surge de los marxismos del Siglo XX como los de Vladimir Lenin, Joseph Stalin o Mao, para quienes –a grandes rasgos– el socialismo se presenta como una ruptura total con un capitalismo que pasa a ser el adversario absoluto11, o en el caso latinoamericano desde contribuciones como las de José Carlos Mariátegui y Ernesto «Che» Guevara.

Para el primero, especialmente en 7 Ensayos de Interpretación de la Realidad Peruana (1928), la cuestión acerca de si era posible una revolución socialista en sociedades no industrializadas fue central, siendo su respuesta afirmativa puesto que la experiencia regional no debía ser un calco de la europea, sino una continuación del antecedente heroico apoyado en el campesinado y en los pueblos originarios12. Para el «Che», el salto latinoamericano directo hacia el socialismo también era posible, pero por razones algo diferentes y con mayor implicancia geoestratégica. En todo caso, el subdesarrollo regional no era una etapa precedente, sino una consecuencia de las desigualdades del capitalismo mundial, por lo que esperar una maduración capitalista completa podía llegar a ser ilusorio. Al tratarse de un capitalismo dependiente del imperialismo sobre todo estadounidense, ese mismo subdesarrollo –y no la industrialización plena– se constituye en germen de las condiciones para una acción revolucionaria que debe transformar tanto a la economía como a la conciencia humana, dando lugar al surgimiento del «hombre nuevo», con lo que introduce un componente moral que no es central en Marx13. Por ello, si bien estos casos se inspiran en el pensador alemán a partir de núcleos argumentales como la lucha de clases, la crítica a la explotación capitalista, la teoría de la plusvalía y el materialismo histórico, puede decirse que son relecturas históricas y regionales que lo reinterpretan desde realidades distintas a la europea del Siglo XIX.

Especialmente durante el Siglo XX, esto sirvió para alimentar una lógica geopolítica tensionada entre el mundo capitalista y el socialista a partir de experiencias como las revoluciones en Rusia, China, y de otros países que se encontraron ante la necesidad de defender sus nuevos órdenes. Así, el socialismo dejó de verse como una etapa subsiguiente para pasar a ser un opuesto, enemigo y alternativo, a lo que se sumó el papel propagandístico de la Guerra Fría que contribuyó a consolidar una visión binaria del mundo cuyos residuos permanecen hasta hoy14, incluso entre economistas como el presidente argentino.

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