Foto de Skylor Powell
Proviene de «El centro, el liberalismo y el amor por las instituciones (2ª parte)»
La izquierda mundial padece en la actualidad de un inmovilismo histórico. Parte del problema se encuentra en la inherente contradicción histórica entre el reformismo y las políticas revolucionarias que fue tan determinante para la izquierda en todo el siglo XX. No obstante, esta contradicción hoy resulta más problemática porque el reformismo ha perdido fuelle, mostrando su verdadera cara al consagrar un pacto de no modificación sustancial de la sociedad con las derechas y el centro político. Mientras tanto, las izquierdas revolucionarias han tenido que recibir lo peor del unanimismo neoliberal de centro e institucional, la violencia de las fuerzas estatales neofascistas y la persecución política e ideológica de los perros del neoconservadurismo.
Desde las izquierdas institucionales se repite el eslogan del realismo capitalista, de que otro mundo no es posible. Las izquierdas verdes que concentraron el debate político post-sesentayochista terminaron domesticándose e ingresando de lleno en la institucionalidad dominante, asegurando así que la maquinaria apocalíptica del capitalismo mundial siga funcionando.
De hecho, hoy que se levantan las masas populares contra el ambientalismo europeo, lo que debe leerse en el fondo es el fracaso de la política neoliberal del medio ambiente que se impone desde la cúspide de la élite política sobre las masas populares, persigue al pequeño propietario europeo y garantiza impunidad ambiental a las grandes empresas agrícolas de la Unión. Es falsa la interpretación mediática de que las clases trabajadoras simplemente se han derechizado. Por el contrario, la política ecológica institucional, inclusive la política más «reformista» es la responsable de este fenómeno, pues se ha planteado como una política de clase –la tecnocrática, por supuesto– en contra de los pueblos europeos. La izquierda institucional es también responsable de la debacle, pues ha terminado abandonando a las clases agrarias y obreras del continente, ¿todavía se sorprenden de la radicalización de los trabajadores hacia los únicos discursos que, aún mentirosos, son los únicos que reclaman una mejoría para sus intereses?
En definitiva, es el abandono de las viejas banderas históricas de la izquierda, y en particular, la renuncia a una verdadera política transformadora, lo que ha pavimentado el camino de las nuevas derechas radicalizadas y violentas.
La izquierda mundial
padece en la actualidad
de un inmovilismo histórico.
Por doquier se evidencian fallos de lectura de parte de las izquierdas. Fallo de lectura de la situación problemática, en lo que respecta al crecimiento del apoyo popular de las derechas. Fallo de lectura porque los políticos de izquierda creyeron que con el mito del fin de la historia su único papel era ejercer como notarios de las políticas neoliberales. Fallo de lectura porque, abandonando sus programas históricos y asumiendo el mito de la eternidad capitalista, la izquierda perdió uno de sus baluartes: la radicalidad del pensamiento político que había anidado en las juventudes de posguerra.
En la actualidad, el desasosiego de la juventud se canaliza por medio de la radicalización de los discursos alterderechistas, que enmascaran la violencia conservadora y la fascistización del mercado en una apariencia de rebeldía. La verdadera rebeldía que sacudió el mundo, con imágenes revolucionarias en los discursos socialistas, anticoloniales, de liberación nacional y ecologistas, cede paso hoy a los peinados alborotados del nuevo clero económico, que lo mismo idolatran al mercado como a los antiguos criminales de Estado.
La izquierda tiene que recuperar la vanguardia con una práctica genuinamente rebelde, con un discurso y una praxis realmente revolucionarias. Y esto solo se puede hacer señalando los límites del capitalismo, del neoliberalismo, y las penurias y miserias que desperdigan por el mundo. Retomando las políticas de igualdad económica, de vivienda y pleno empleo. Articulando estas luchas ante los problemas sociales contemporáneos.
Los movimientos de izquierda deben exigir a sus partidos recuperar la agenda política sin temor a confrontar los movimientos anti-inmigración, neorracistas y neofascistas; se debe tener la entereza de volver a encarar la lucha contra las instituciones represivas de los Estados, contra la misma violencia que mutila a los pueblos que participan en las calles por sus derechos. Se debe exigir a las agrupaciones de izquierda que se conecten con los movimientos populares que hoy señalan los genocidios que la «Comunidad Internacional» se niega a denunciar.
