Por Daniel Lencina
Las primeras noticias del ataque estadounidense a Caracas no provinieron de los canales oficiales, sino de las redes sociales, donde videos de ciudadanos atónitos mostraban las explosiones en objetivos estratégicos como Fuerte Tiuna y la Base Aérea La Carlota1. Si bien la justificación oficial de la operación militar que culminó con la captura del presidente Nicolás Maduro y la primera dama, Cilia Flores, apuntaba a un ataque contra el narcoterrorismo, la realidad, en la lógica geopolítica, es un complejo tapiz político de grandes potencias en tres niveles: un acuerdo tácito con Rusia que despejó el camino, un pretexto endeble para el consumo público y el objetivo de contrarrestar la creciente influencia china en el continente americano.
En el tablero de las potencias, las acciones en un teatro de operaciones suelen tener sus raíces en acuerdos alcanzados en otro. Y en el análisis de la relación entre la Casa Blanca y el Kremlin, la llamativa libertad de acción de la que gozó Estados Unidos solo se explica a través de un cálculo más amplio.
Oficialmente la cumbre entre Trump y Vladimir Putin de agosto pasado en Alaska concluyó sin un acuerdo formal. Como lo resumió el propio mandatario republicano, «no llegamos a una comprensión completa»2; no se logró un alto el fuego en Ucrania y Putin se retiró sin ofrecer concesiones tangibles. Esto plantea la pregunta acerca de que, si no se alcanzó ningún pacto público, ¿cómo se explica la subsiguiente carta blanca norteamericana en Venezuela y la elocuente pasividad de una Rusia que, de otro modo, habría reaccionado con furia?
El supuesto «fracaso» público fue, en realidad, el inicio necesario de un canje tácito. El silencio de Putin sobre Caracas fue el permiso comprado y pagado con la futura moderación de Washington en el Dombás. Tanto es así que la primera oferta del neoyorquino al bolivariano fue precisamente la posibilidad de refugiarse en Moscú. A pesar de las conversaciones entre Trump y el ucraniano Volodimir Zelenski3, este acuerdo deja a Kiev en una posición debilitada. Así, Putin logró neutralizar la presión estadounidense en su frente prioritario sin ceder un ápice.
De esta manera, el Kremlin sonríe al ver sus principales objetivos asegurados, observando cómo arde un activo secundario. Con sus intereses vitales protegidos, Rusia sacrificó una pieza menor, sentando las bases del pacto de no agresión y la legitimación pública de la intervención.
A su vez, la Casa Blanca enmarcó su intervención como una misión antidrogas de vital importancia4. La Fiscal General de EE.UU., Pam Bondi, había anunciado que Maduro y Flores estaban imputados en Nueva York bajo cargos de «conspiración narcoterrorista, conspiración de importación de cocaína, posesión de ametralladoras y dispositivos destructivos»5. Una narrativa que –sin embargo– se desmorona ante el mínimo escrutinio.
Pese a que la administración Trump ha clasificado al fentanilo como un arma de destrucción masiva, los datos y los expertos demuestran que Venezuela juega un papel insignificante en esta crisis. El principal país productor de fentanilo es China. Estos productos son enviados a México, donde los cárteles los procesan para su distribución en Estados Unidos.
Según Michel Gandilhon, investigador del Observatorio francés de drogas y toxicomanías (OFDT), la conexión entre Venezuela y este estupefaciente es inexistente: «Venezuela no tiene absolutamente nada que ver con la producción y el tráfico de fentanilo».
Con sus intereses vitales protegidos,
Rusia sacrificó una pieza menor,
sentando las bases del pacto de no agresión
y la legitimación pública de la intervención.
Incluso en el tráfico de cocaína Venezuela es un actor menor. Gandilhon explica que «el 90% de la cocaína que llega al mercado estadounidense pasa por la costa del Pacífico, a partir de los puertos colombianos y de Guayaquil». Venezuela, afirma, «es, en realidad, una zona muy poco importante en términos de tránsito». Tampoco el informe de evaluación de amenazas de la DEA de 2024 menciona a Venezuela como una preocupación principal, centrando su atención, en cambio, en México y China6.
Si Venezuela no es la fuente del problema, ¿por qué fue el objetivo? En concordancia con Gandilhon, resulta más accesible incriminar a Venezuela que enfrentarse a un actor del fuste de China. La narrativa antidrogas es funcional como pretexto desechable para enmascarar los complejos juegos de poder con Rusia y China, dejando el verdadero motivo a la luz. Nunca se trató de vigilar a un estado fallido, sino de reclamar un hemisferio. La pregunta, entonces, no es por qué la historia oficial era falsa, sino qué amenaza más profunda hizo necesaria una operación tan descarada.
La Doctrina Monroe ha sido un pilar de la política exterior estadounidense desde 1823, diseñada para prohibir la injerencia de potencias extrahemisféricas en las Américas7. A través de lo que se ha denominado el «Corolario Trump» –que concibe el hemisferio occidental como una zona de influencia exclusiva que debe mantenerse libre de incursiones externas consideradas hostiles8, la actual administración ha reafirmado este principio actualizando su dirección explícitamente contra China.
Esto se debe a que, en la última década, Pekín ha ejecutado una estrategia multifacética para establecer una presencia permanente en América Latina, desafiando la histórica hegemonía estadounidense. Veinticuatro países de la región se han unido a las «Nuevas Rutas de la Seda», recibiendo financiación china para proyectos clave como puertos, carreteras e infraestructuras energéticas, con un enfoque particular en el Canal de Panamá9.
Así, China se ha convertido en el principal socio comercial de varias de las economías más importantes del continente, asegurándose el suministro de materias primas como litio, cobre, petróleo y soja, que son esenciales para su industria. Pekín ha ofrecido apoyo diplomático y económico a regímenes bajo presión de Washington. Un ejemplo claro es la propia Venezuela, a quien sigue comprando petróleo, proporcionando un salvavidas económico y teniéndola como socio estratégico en la región10.
Por ello, la operación militar de hoy fue el momento en que la doctrina pasó de ser un concepto de política exterior a convertirse en toda una realidad. Desde el prisma de Washington, la creciente influencia económica y política china es, más que mera competencia, un auténtico acto de agresión. La destitución de Maduro no es un fin en sí mismo, sino un movimiento para desmantelar a un aliado de Pekín y sostener el mensaje de que la expansión asiática en el área de influencia estadounidense será confrontada con fuerza militar.
El ataque a Caracas demuestra la colusión entre grandes potencias para garantizar la libertad de acción, un pretexto público desechable para el consumo interno y un objetivo central arraigado en la contención de un competidor. Los acontecimientos de este sábado no fueron una operación aislada contra el narcotráfico, sino una calculada jugada global posibilitando una farsa para plantar límites. Estados Unidos ha dejado claro que considera al hemisferio occidental su dominio exclusivo y América Latina se ha convertido, una vez más, en un escenario para la competencia con implicaciones para la soberanía regional y la estabilidad futura.
